Fuente: Alice Miller: El drama del niño dotado. – 1a ed. – Buenos Aires : Tusquets Editores, 2009. pag. 20-25

Antes no podía evitar preguntarme si algún día nos sería posible captar la dimensión exacta de la soledad y del abandono a los que estuvimos expuestos cuando niños. Entretanto sé que es posible. No me refiero aquí a los niños que, a ojos vistas, crecieron sin cuidados y que se han hecho adultos con esta certeza. Me refiero más bien al elevado número de personas que llegan a la terapia con la imagen de esa infancia feliz y protegida que les vio crecer. Se trata de pacientes con muchas posibilidades, e incluso con talentos que desarrollaron posteriormente y cuyas dotes y rendimientos también han sido alabados con frecuencia. Casi todos estos niños controlaban su micción ya en el primer año de vida, y muchos ayudaban con habilidad, entre el año y medio y los cinco años, a cuidar de sus hermanitos menores. Según la opinión preponderante, estas personas —orgullo de sus padres— deberían tener una autoconciencia sólida y estable. Pero ocurre precisamente lo contrario. Todo cuanto emprenden les queda entre bien y excelente, son admirados y envidiados, cosechan éxitos allí donde lo consideran importante, pero de nada les sirve todo esto. Detrás acechan la depresión, la sensación de vacío y de autoextrañamiento, de vivir una existencia absurda… en cuanto se esfuma la droga de la grandiosidad, en cuanto dejan de estar on top, de tener la seguridad de la superestrella, o cuando los invade el repentino sentimiento de haber fallado ante cualquier imagen ideal que tengan de sí mismos. Y entonces son ocasionalmente torturados por miedos o serios sentimientos de culpa o de vergüenza. ¿Cuáles son los motivos de un trastorno tan profundo en este tipo de personas dotadas? Ya en la primera sesión le hacen saber a quien los escucha que tuvieron padres comprensivos, al menos parcialmente, y que, si alguna vez les ha faltado comprensión por parte de quienes les rodeaban, esto se debía, en su opinión, a ellos mismos, al hecho de que no podían expresarse de forma adecuada. Presentan sus primeros recuerdos sin compasión alguna para con el niño que, en su momento, ellos también fueron, lo cual resulta tanto más sorprendente cuanto que dichos pacientes no sólo poseen una manifiesta capacidad de introspección, sino que, además, pueden compenetrarse con relativa facilidad con otras personas. Sin embargo, su relación con el mundo sentimental de su infancia se caracteriza por la falta de respeto, el control obligatorio, la manipulación y el rendimiento a presión. No es raro que en ellos se manifiesten el desprecio y la ironía, que pueden llegar hasta la burla y el cinismo. En todos se advierte, además, la ausencia total de una auténtica comprensión emocional de su propio destino infantil, que no es tomado en serio, así como una desprevención absoluta en lo que respecta a las necesidades realmente propias, situadas más allá de la obligación de rendir. La interiorización del drama originario se cumple en forma tan perfecta que la ilusión de la infancia feliz puede ser salvada. Para poder describir el clima psíquico de una infancia semejante, quisiera formular primero unos cuantos presupuestos de los cuales parto.

1. Es una necesidad peculiarísima del niño, des de el principio, el ser visto, considerado y tomado en serio como lo que es en cada caso y momento.

2. «Lo que es en cada caso y momento» se refiere a: sentimientos, sensaciones y la expresión de ambas cosas ya en el lactante.

3. En una atmósfera de respeto y tolerancia para con los sentimientos del niño, éste puede renunciar a su simbiosis con la madre en la fase de separación y dar los pasos necesarios para  lograr su autonomía. 4. Para que estos presupuestos del desarrollo sano fueran posibles, los padres de estos niños tendrían que haber crecido también en un clima parecido. Estos padres transmitirían a su hijo la sensación de seguridad y protección en la que puede medrar su confianza.

5. Los padres que no tuvieron este clima en su infancia se hallan necesitados, es decir, que buscarán toda la vida aquello que sus propios padres no pudieron darles en el momento debido: un ser que les acepte, comprenda y tome en serio.

6. Esta búsqueda no puede, desde luego, acabar bien del todo, pues guarda relación con una situación irrevocablemente pasada, es decir, la primera etapa posterior al nacimiento.

7. Pero una persona con una necesidad insatisfecha & inconsciente —porque rechazada— se verá sometida, mientras no conozca la historia reprimida de su propia vida, a una compulsión que intenta satisfacer esta necesidad recurriendo a vías sustitutivas.

8. Los más predispuestos a ello son los propios hijos. Un recién nacido depende de sus padres venga lo que viniere. Y como su existencia depende de que consiga o no el afecto de éstos, hará todo lo posible por no perderlo. Desde el primer día pondrá en juego todas sus posibilidades, como una planta pequeña que se vuelve hacia el sol para sobrevivir.

A lo largo de mis veinte años de actividad como terapeuta me he visto confrontada sin cesar con un destino infantil que me parece significativo para personas con profesiones que suponen algún tipo de ayuda a los demás.

1. Es el caso, por ejemplo, de una madre profundamente insegura en el plano emocional, que, para mantener su equilibrio sentimental, dependía de un comportamiento determinado o de cierta manera de ser de su hijo. Esta inseguridad podía muy bien quedar oculta, de cara al niño y a todo el entorno, tras una fachada de dureza, autoritarismo e, incluso, totalitarismo.

2, A esto se añadía una asombrosa capacidad del niño para captar y responder con intuición, o sea, también en forma inconsciente, a esta necesidad  de la madre o de ambos padres, es decir, para asumir la función que inconscientemente se le encomendaba.

3. De este modo el niño se aseguraba el «amor» de los padres. Sentía que lo necesitaban, y eso daba justificación existencial a su vida. La capacidad de adaptación se amplía y se perfecciona, y los niños en cuestión no sólo se convierten en madres (confidentes, consoladores, consejeros, puntos de apoyo) de sus madres, sino que también asumen responsabilidades de cara a sus hermanos y acaban desarrollando una sensibilidad muy particular para captar ciertas señales in conscientes de las necesidades del otro. No es de extrañar, pues, que más tarde elijan a menudo la profesión de psicoterapeuta. Pues, ¿quién, sin esta prehistoria, pondría tanto interés en intentar des cubrir todo el tiempo lo que ocurre en el inconsciente de otros? Sin embargo, en la ampliación y el perfeccionamiento de esta capacidad perceptiva que, en su momento, ayudó al niño a sobrevivir e impulsó luego al adulto a ejercer una profesión asistencial, se hallan también las ratees del trastorno. Este trastorno lleva una y otra vez a estos «asistentes» a querer satisfacer con personas sustitorias las necesidades no satisfechas en la infancia.

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Patricia Cárdenas García

Psicóloga Clínica

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