“El psicoanálisis apuesta al amor, al contrario del capitalismo, que lo rechaza. Sin embargo, hay diferentes tipos de amor. Y, efectivamente, hay amores que están del lado del estrago, que dejan al sujeto que lo padece en el lugar de la víctima. Pero el psicoanálisis apuesta no sólo al amor sino a un amor más digno. Un amor al que no se llega a menos que uno haya encontrado una manera propia de arreglárselas con aquello de lo que sufre. De alguna manera, podría decirse que para llegar a ese amor es necesario haberse reconciliado con esta soledad que nos habita”

En Mujeres de papel, la psicoanalista Laura Petrosino dedica el texto que escribió para esa compilación a la soledad en la obra de su colega francesa Catherine Millot, quien a su vez también trabaja ciertos textos de William Hudson y Roland Barthes, entre otros escritores que fueron capaces de dar cuenta de la relación con ese estado, algunas veces causa de dolor, en otras de cierta pacificación.

El libro, publicado por la editorial Grama, es una compilación de Daniela Fernández, y lleva un prólogo de Graciela Brodsky y un posfacio de Esthela Solano-Suárez, además de ensayos de Cecilia Rubinetti, Manuel Zlotnik, Paula Kalfus, Debora Rabinovich y más.

Este es el diálogo que Petrosino sostuvo con Télam, centrado casi siempre enOh Soledad, el trabajo de Millot publicado por el sello Ned.

T : ¿Qué fue lo que te interpeló, a grandes rasgos, del libro de Catherine Millot, tanto que leíste ciertos textos de Barthes y de Hudson en esa clave?
LP : Comparto con Millot el interés por la soledad y el gusto por el psicoanálisis lacaniano y la escritura. Millot, analista, escritora y analizante de Jacques Lacan es, además, una ávida lectora. En este libro que de alguna manera es la continuación de Abismos ordinarios, la autora teje un relato con los hilos de su experiencia analítica y las lecturas que la han marcado: En búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust, Villa Amalia, de Pascal Quignard, Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, Choses dont je me souviens, de Sôseki, Historias extraordinarias, de Edgar Allan Poe, entre otros. Con su estilo, Millot nos recuerda, sin decirlo, que aquello que nos conmueve de lo que leemos es signo de la estofa de la que estamos hechos y que, a menudo, ignoramos. En esta línea, dedica un capítulo a Días de ocio en la Patagonia, de William Hudson y otro a Roland Barthes. Hudson testimonia de la soledad que conquista en el desierto donde logra que el pensamiento se calle. Barthes, en su seminario ¿Cómo vivir juntos?, dictado en el Colegio de Francia, se avoca un año a estudiar los distintos arreglos posibles entre el aislamiento y la vida en sociedad. Es bellísimo ese curso, especialmente la clase inaugural en la que habla de literatura. Aprendí, escuchándolo, que sabor y saber tienen la misma raíz etimológica en latín. ¡Una delicia!

T : Es habitual escuchar que nacimos, morimos y tomamos las decisiones clave, solos. ¿Cuánto pensás -como psicoanalista- que hay de cierto y cuánto de lugar común en ese dicho?
P : Lacan habla de la soledad cuando evoca el acto. En su Acto de fundaciónde 1964 dice que funda la Escuela Francesa de Psicoanálisis solo como siempre lo ha estado en su relación con la causa psicoanalítica. Daniela Fernández es quien coordinó el Ateneo Mujeres de papel, actividad que se inscribió en el programa del ICdeBA (Instituto Clínico de Buenos Aires) y que tuvo lugar en la EOL (Escuela de Orientación Lacaniana). El libro Mujeres de papel nació de ese Ateneo. Daniela (Fernández) compiló y editó las clases que allí se dictaron. No es casualidad, me parece, que ella abra este libro sobre mujeres, psicoanálisis y literatura con una cita del Seminario 20 que se refiere a la soledad: Lo que habla, sólo tiene que ver con la soledad […] Ella, la soledad, en ruptura con el saber, no sólo puede escribirse, sino que además es lo que se escribe por excelencia, pues es lo que de una ruptura del ser deja huella. Las figuras femeninas a las que se avoca el libro: Lisístrata; Victoria, de Eric Reinhardt; Nora, de Ibsen; Lol V. Stein, de Marguerite Duras; Zazie, de Raymond Queneau; Clarice Lispector; Ondina, de Jean Giraudoux; Psiche; Anna, de León Tolstoi, entre otras, enseñan, de diversos modos, sobre las distintas maneras en las que la soledad se escribe.
Millot, por su parte, dedica todo un libro a la pareja escritura/soledad. Pluraliza la soledad y nos lleva de viaje a la tierra de las soledades posibles. No sólo evoca el valor que la soledad toma en la obra de autores como Hudson y Barthes, como mencionaba antes, sino que además diferencia lo que ella llama la soledad traumática de la soledad oceánica. Esta última le permite desimaginarizar la soledad. Es decir, no se trata de estar solo, de la ausencia de los otros, que sí tendría más que ver con el lugar común en el que se sitúa a la soledad. Es otra cosa. La soledad que causa su escritura es una soledad intrínseca al ser hablante que, como dice Lacan, está en ruptura con el saber.

T : Según entiendo, Millot consigue alcanzar la soledad oceánicadespués de atravesar la soledad traumática, casi como una condición, empujada por su análisis (el amor) y por la escritura. ¿Podés ampliar esa idea?
P : Efectivamente, la soledad traumática es lo que Millot llama la cara oscura de la soledad. Se sirve así de Proust para evocar un amor que es indisociable del desamparo y de la angustia. Un retraso, un llamado telefónico sin respuesta, bastan para que el otro se vuelva el objeto de una necesidad irreprimible, porque sólo él tiene el poder de calmar la angustia que provocó. El otro se transforma, entonces, alternadamente, en el remedio y la enfermedad. De esta soledad borde de angustia, Millot logra pasar, gracias al análisis en un comienzo, y a la escritura después, a otra soledad que ella describe como un sentimiento oceánico. Esta otra soledad es la que causa su escritura, escritura que permite, a su vez, que esa soledad exista. Lo que me parece muy interesante y sutil es que no habla de una soledad que desaparece. La soledad como fenómeno permanece. Lo que cambia es su signo. Es decir, allí donde sufría de eso, puede ahora satisfacerse.
Tuve la suerte de entrevistar a Millot en Bruselas. Allí me contaba cómo su estilo de escritura le debía mucho al análisis que había hecho con Lacan. Ella no escribe directamente sus libros sino que primero los graba dejándose llevar por la asociación libre casi como si se tratara de una sesión analítica. Mencionó un ejemplo: cuando habla de la estación de subte Trocadero en París, la palabra Trocadero la llevó a la palabra trop, demasiado, y trop la llevó a trou, agujero. Es interesante notar entonces que no es sin el análisis que ella encuentra la escritura, esta solución, esta manera de arreglárselas con aquello de lo que sufre.

T : Ambas soledades, digamos, ¿cambian sus modos de ser habitadas con el tiempo? ¿Cómo sería eso, si eso es así?
P : ¡Qué pregunta interesante pero difícil! Hace años que estudio las cuestiones que tienen que ver con el tiempo. Sin embargo, no me siento capaz de responder esto por ahora. Lo que sí puedo decir es que hay estados que modifican la relación que el sujeto tiene con el tiempo. El enamoramiento, por ejemplo. Barthes dedica un fragmento del discurso amoroso a la espera. ¿Quién no ha sufrido una hora eterna esperando un llamado? ¿Quién no ha tenido la sensación de que una situación placentera ha durado un instante?

T : ¿Qué opinás de lo que le dice Lacan, que en el amor, por lo general, el sujeto es una víctima? Ella habla después de la locura del amor. Parece ir absolutamente contra la corriente.
P : El psicoanálisis apuesta al amor, al contrario del capitalismo, que lo rechaza. Sin embargo, hay diferentes tipos de amor. Y, efectivamente, hay amores que están del lado del estrago, que dejan al sujeto que lo padece en el lugar de la víctima. Pero el psicoanálisis apuesta no sólo al amor sino a un amor más digno. Un amor al que no se llega a menos que uno haya encontrado una manera propia de arreglárselas con aquello de lo que sufre. De alguna manera, podría decirse que para llegar a ese amor es necesario haberse reconciliado con esta soledad que nos habita.


Patricia Cárdenas García

Psicóloga Clínica

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